¿Aun es posible la integración continental?

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La primera década del siglo parecía culminar con la tan esperada integración sudamericana.

Los avances alcanzados en sucesivos acuerdos por los países de la región anunciaban haber alcanzado la concreción definitiva de un largo proceso integrador que se había desarrollado desde el inconcluso proyecto del ABC (Argentina, Brasil y Chile), en la mitad del siglo pasado, hasta la constitución en 2008 de la UNASUR.

Este acuerdo confirmaba la decisión de los países del sur de rechazar la propuesta estadounidense del ALCA ocurrida en la conferencia de Mar del Plata de 2005 y proyectaba al futuro instituciones y relaciones de amistad y solidaridad para el subcontinente.

Sin embargo, la década siguiente rebelaría que el éxito no era para nada definitivo y, es más, dio comienzo a un retroceso sostenido. ¿Qué ocurrió? La casi totalidad de los países signatarios de los acuerdos, a excepción de Bolivia, cambiaron sus gobiernos por líderes con posiciones políticas opuestas a quienes firmaron aquellos acuerdos y que además no creen en la integración como propuesta superadora. En consecuencia, los organismos internacionales se han debilitado y aún aquellos que habían adherido a otras propuestas integradoras nacidas de la política exterior de USA como el NAFTA y la Alianza para el Pacífico vieron frustradas sus alianzas ya que el nuevo presidente de los Estados Unidos las dio por terminadas.

La primera conclusión sobre esta experiencia sería advertir que los acuerdos entre naciones que se basan sólo o fundamentalmente en la decisión de los estados son débiles, más allá de que sean gobiernos populares los promotores de la integración o que esta sea producto de la política exterior de un estado hegemónico imperial. La misma conclusión abarca a las integraciones nacidas al calor de las necesidades de los mercados. Cuando los intereses cambian de rumbo las alianzas se caen.

La segunda conclusión sería reconocer que toda integración para ser duradera debe contar con el protagonismo real de los pueblos. Las decisiones de los mandatarios de nuestras democracias delegativas, es decir con participación popular de baja intensidad, son necesariamente débiles sea que promuevan la integración continental o que otorguen derechos sociales que no puedan ser controlados y defendidos por organizaciones sociales sólidas.

Las decisiones estratégicas que toman los gobiernos no pueden sostenerse sin el concurso organizado del pueblo. Esto faltó en este proceso. Los pueblos adherían, pero no participaban. Estaban de acuerdo, pero no eran protagonistas.

Un proceso de integración continental autónomo, respetuoso de la diversidad como el que se desarrolló, es contradictorio con el proceso de globalización que pretendía una unidad indiferenciada conducida por poderes cada vez más concentrados y estados cada vez más débiles. Al mismo tiempo, el poder global es contradictorio con todo tipo de organización social y adalid de un individualismo cada vez más desintegrador.

En consecuencia, como no es posible concebir una unidad continental de individuos, aquellos gobiernos que llevaron adelante el proceso de integración, debieron poner el acento en la defensa, fortalecimiento y participación de las organizaciones populares. Desgraciadamente no lo hicieron o al menos no lo hicieron en la medida necesaria.

Posibles rutas de integración

Sin embargo, el actual retroceso no debe inducir a la desesperanza, aunque sí a aprender de la experiencia y sin duda hay elementos que hoy se pueden rescatar.

No se puede apostar a recuperar los gobiernos de los estados para rehacer lo deshecho, sino que los que se pretendan gobernantes populares deberán ser consecuentes en recuperar la principal fuente de donde emana su autoridad que no es otro que el poder popular de una comunidad organizada y movilizada.

El propósito de no cometer los mismos errores debería alentarnos a observar las cosas nuevas que conforman la realidad actual de nuestro continente y las nuevas formas y estrategias con que los pueblos y algunos dirigentes lúcidos van orientando su acción.

Es sabido que el sistema globalizador ha producido, con su proceso de concentración capitalista, la exclusión de por lo menos un tercio de la población mundial.

Sin embargo, como respuesta de los sectores excluidos se han conformado movimientos sociales de nuevo tipo y se practican distintas formas de economía solidaria popular que van conformando también una nueva cultura popular y hasta una incipiente práctica de una nueva política.

El Papa Francisco ha advertido con suma lucidez este nuevo fenómeno y ha convocado a tres reuniones internacionales que, con la consigna Tierra, Techo y Trabajo, anima a una nueva forma de integración social y al mismo tiempo regional que potencie las experiencias nacionales y comiencen a posicionarlos como actores en la nueva realidad mundial y continental.

También Francisco ha convocado a un Sínodo que reunirá a la Red Panamazónica. Esta reunión, sus conclusiones y posterior, no ha de ser un episodio con incidencia exclusiva en la Iglesia Católica.

Para la acción evangelizadora que se propone, ha elegido el territorio de la Amazonía, espacio geográfico sumamente sensible en la disputa por los territorios estratégicos que libra el poder mundial. Dicho poder no ha tenido empacho en discutir la soberanía de Brasil y de los otros países que conforman la cuenca, pretendiendo su internacionalización, sin perjuicio de haber ejercido de hecho una serie de actos de explotación económica que han puesto en grave riesgo no sólo el ecosistema sino la existencia misma de la población.

En ese lugar Francisco propone librar una batalla cultural por la dignidad del hombre y por el cuidado de la casa común. Su actitud profética ha de ofrecer a esas comunidades excluidas el amor de un Dios que es Padre y los animará en la defensa de su tierra y de su descendencia.

Seguramente esta acción hará protagonistas principales del conflicto a los pueblos que allí habitan, visibilizará sus derechos conculcados y les dará presencia en los organismos internacionales.

Asimismo, al hacer participar de la experiencia poblaciones de distintos estados sudamericanos, deslocaliza el conflicto del ámbito de las relaciones interestatales y promueve, de hecho, una unidad plurinacional que no tendrá como actores a las cancillerías de los estados sino a los pueblos mismos.

Además, pone de manifiesto que la integración continental requiere para su   éxito que la realicemos todos los hombres que habitamos estas tierras, con independencia de su origen étnico, creencia, idioma o nacionalidad.

La experiencia de la Red Panamazónica se está reproduciendo en otros lugares del continente como las redes de México y Centroamérica, la Araucanía, la del estado plurinacional de Bolivia que tiende a abarcar culturalmente al antiguo Incario y la que comienza a gestarse sobre el Acuífero Guaraní, sobre el territorio de una de las experiencias más ricas en materia de organización nacional y que fue la Nación Guaraní fundada por los Jesuitas.

Un nuevo mapa de América Latina comienza a dibujarse a partir de los pueblos como sujetos que buscan unirse para superar las barreras artificiales de la balcanización sufrida en el siglo XIX que impidieron concretar, en pro de intereses imperiales, el sueño de la Patria Grande forjada por nuestros libertadores.

Un nuevo mapa antropológico donde los hombres con su diversidad constituirán una unidad alentados por la solidaridad.

Un nuevo camino y nuevas esperanzas si nos avocamos a leer la realidad despojados de ideologismos porque aprendemos con Francisco que la acción es superior a la idea y la unidad es siempre superior al conflicto.

Dr. Carlos Eduardo Ferré
Mov. Generación Francisco
REDLAPSI América Latina y Caribe

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