María Clara Ramírez: “Colores que construyen relaciones”

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Mi primera “obra de arte” fue un garabato en forma de pescado hecho con un lapicero de tinta azul. Mi papá conservó esa hoja por muchos años y con frecuencia me recuerda que con mucho orgullo le entregué mi creación la cual titulé “Cololes” (Colores). Poco sabía que muchos años después precisamente la técnica del color habría sido el distintivo de mis cuadros.

Desde pequeña aprovechaba todas las oportunidades para plasmar mi creatividad en hojas, en las paredes de mi casa, con colores, con plastilina e incluso con materiales de reciclaje. Mis papás siempre cultivaron ese talento que despuntaba, motivándome para que continuara mis creaciones y  experimentara nuevas técnicas. La vena artística la tuve desde pequeña, pero el talento no fue el único factor que me llevó por el camino del arte.

A los diez años entré por primera vez al taller del maestro Luis José Peñuela Pinzón, un pintor oriundo de Bucaramanga, Santander. Su prolífica y sobresaliente obra, y su manejo del color, lo han llevado a ser reconocido en Antioquia como uno de los más grandes maestros de pintura impresionista. El aroma del óleo me cautivó al instante. Los lienzos que colgaban en todas las paredes y la humildad del taller me hicieron sentir en casa. Las primeras palabras del maestro Peñuela fueron “si quiere estudiar conmigo tiene que comenzar al menos con un año de teoría”. Esa fue la condición. Todos los sábados, a las siete de la mañana comenzaban las clases que me hicieron entrar en el mundo de la teoría del color, la armonía, la perspectiva y los valores pictóricos entre otras cosas. No sé cómo resistí más de un año de teoría, pues después de una semana de estudio no es fácil madrugar un sábado para tener cuatro horas de lectura y memorización de conceptos. Sin embargo, la constancia y algunos sacrificios me permitieron aprender a observar mi entorno con un ojo crítico, a moldear poco a poco la fuerza pictórica que emergía y a crear un estilo.

El ejercicio artístico puede ser considerado un talento aislado que nace del reconocimiento de la individualidad. Sin embargo, el taller del maestro Peñuela era un ejercicio de escucha y de apreciación del otro. Muchas veces sus clases se concentraban en ayudar a resolver un problema pictórico a alguno de los compañeros, en el cual todos debíamos participar. Él solía repetir que “sin la estrecha relación entre el artista y quien aprecia su obra para rechazarla o aceptarla el arte es huérfano de padre o de madre”. Así aprendí que el arte es un canal para construir relaciones y para plasmar emociones que nos conectan profundamente en nuestra humanidad.

Después de ese primer año de conceptualización del arte finalmente pude empezar mi primer cuadro al óleo. Era como un sueño hecho realidad pintar ese paisaje con una montaña, un árbol, un camino y una casita campesina de estilo antioqueño. Al principio tardaba meses en terminar un cuadro. Poco a poco, toda la teoría iba haciendo “clic” y mi producción artística aumentaba considerablemente.

Después de once años yendo al mismo taller de pintura, decidí emprender una aventura, la de seguir a Jesús[1], y pensé que el arte iba a pasar a un segundo plano en mi vida. El último cuadro antes de salir de Medellín fue un abstracto de una bailarina de ballet en pleno salto. Algunos dicen que es mi autorretrato.

En estos años he dejado de pintar por períodos de dos o tres años, pero después de un tiempo siempre hay un motivo para retomar la pintura. Hoy en dia tengo un pequeño taller de pintura y muchas personas han adquirido mis obras en Estados Unidos, Corea y, por supuesto, Colombia.

Fecundidad en la relación con el otro

Mis cuadros se caracterizan por el color. Algunos son fruto de un estudio o de una imagen que me llama la atención. Otros cuadros nacen después de una reflexión o de un momento particular que vivo. Muchos han sido regalos de cumpleaños, de matrimonio o encargos. Cuando sé quién será el destinatario de mi obra trato de reconocer esa relación: entre “el artista y quién aprecia la obra”.

En todos estos años he descubierto que la creatividad no significa tener todas las respuestas a mano, sino que es un proceso que implica recomenzar y creer en la posibilidad de construir algo nuevo a partir de la incertidumbre. Es, además, un puente que me ha enseñado a conectarme con culturas ajenas a la mía y que me permite transmitir realidades inefables.

En el 2015, por ejemplo, los jóvenes de Los Ángeles, California, –donde vivo actualmente– decidimos hacer una cena de beneficencia para recoger fondos para los refugiados por causa de la guerra en Siria. Ese año la crisis humanitaria alcanzó por primera vez el nivel más alto de la historia moderna de migraciones causadas por una guerra después de la Segunda Guerra Mundial. Más de un millón de personas cruzaron el mar Mediterráneo, y más de tres mil murieron en las aguas del mismo. Una de las actividades que habíamos preparado durante la cena era una subasta. Algunos de los jóvenes me pidieron que hiciera un cuadro para ese momento. Ese habría sido el primer cuadro después de tres años sin pintar. No era fácil retomar el arte después de tanto tiempo. Después de reflexionar un poco decidí hacerlo como una pequeña respuesta a la crisis humanitaria y una contribución a la paz. El cuadro lo titulé “Océano de Esperanza”. Además hice una pequeña dedicatoria: “Este cuadro es un homenaje para todos los refugiados de guerra. Hay un océano que representa la guerra, pero también debería existir un océano de esperanza; tal vez cada uno de nosotros puede ser esperanza para los demás”.

Para mi sorpresa el valor del cuadro durante la subasta superó todas mis expectativas. Hace poco la persona que lo adquirió me dijo -“¡tu cuadro me inspira a construir la paz!”. Su comentario me produjo una gran alegría, pues en esa inspiración nos conectamos profundamente.

Por Maria Clara Ramírez – Colombia

[1] Como consagrada en el Movimiento de los Focolares.

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