México, en la recta final

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El bombardeo ha sido incesante. Con más de 16 millones de spots televisivos y radiofónicos, con toneladas de panfletos y carteles impresos, debates políticos amodorrados y propuestas de poca monta, la ciudadanía mexicana parece estar deseando sólo una cosa: que ya termine el proceso electoral y suceda de una vez y por todas lo que por meses ha hecho gravitar la agenda pública de este país.

Es un triste anhelo, pero es el más socorrido. Con resultados presidenciales prácticamente cantados por las encuestas que colocan a un Andrés Manuel López Obrador de la izquierda coalición Juntos haremos historia como puntero indiscutible, ahora las baterías de los partidos en contienda se centran en fortalecer su asalto al poder legislativo, sea como medida de permanencia política o como vía de contrapeso para trazarle el asedio a una presidencia que se pronostica fuertemente respaldada por las urnas.

Las de ahora, son unas elecciones de pobre talante frente a un panorama nacional tan complejo, que ofrece cotidianamente cifras desconcertantes al mundo. Prometer no empobrece y asegurar que problemas de décadas de gestación se terminarán de un golpe en poco más de un lustro es apostarle demasiado al entusiasmo o dar por descontada la inteligencia ciudadana.

Fuera de las urnas, hay un país incendiado por la violencia, la pobreza y la desigualdad. Cinco de las diez ciudades más peligrosas del mundo se asientan en esta tierra mexicana; aquí, uno de cada dos mexicanos vive en pobreza; uno de cada diez logra concluir la universidad y sólo uno entre cien logra obtener un posgrado. Son apenas trazos de un México que se niegan a ver a profundidad, quienes aspiran a conquistar los sufragios.

Al nivel de piso, mientras que el grueso de la población mexicana intenta hacer frente a una compleja realidad para sostener a sus familias y dar certidumbre a sus hijos, sus líderes parecen eludirse de ella con el planteamiento de propuestas sin mucho fondo, propuestas que rayan en la fantasía y el desparpajo, apenas paliativos para los verdaderos cánceres sociales que se padecen en el entorno nacional.

Por eso, cuatro candidatos y tres debates presidenciales han sido más que suficientes para tener la gris impresión de que no se podrá esperar mucho del México político de los próximos seis años.

No hay asomos a intervenciones estratégicas o a transformaciones de alto calado; no hay rutas críticas para salir de la espiral de la violencia ni para pacificar el país. No hay estudios de fondo para mejorar la movilidad de las grandes ciudades ni para asegurar una disminución significativa de la pobreza o el acortamiento a la brecha de la desigualdad. No hay propuestas a la altura de las circunstancias.

Este escenario es a todas luces, el resultado de un freno que arrastra el país azteca desde tiempos fundacionales: es el choque-desencuentro de visiones diversas de país, un país sin un proyecto de nación inclusivo y perenne, que pueda sortear los cambios de colores partidistas y los vaivenes coyunturales.

El panorama actual no es sino muestra del país que se reinventa cada seis años, un país que urge de ciudadanía de mayoría de edad, que resista a la gravitación electoral, que asuma roles cada vez más protagónicos en la auditoría de los recursos públicos, en la exigencia de gobiernos abiertos y en su participación como sociedad civil. Sólo así será posible un futuro cierto y tangible para México.

 

Por Christopher Jiménez

(Ciudad de México)

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