México: elecciones ad portas

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Cuarenta días cierran la distancia entre la incertidumbre y el llamado a las urnas. El país mesoamericano se enfrenta a las elecciones más grandes y quizá, las más complejas en su historia. Fruto del contexto que habita y del que no se puede eludir, el proceso electoral se encuentra teñido de violencia, acusaciones de corrupción y propuestas de cuestionado alcance y calidad.

En Ciudad de México, como en el resto del país, el ambiente social se encuentra enrarecido. Como pocas ocasiones, una sensación de ofuscación permea entre los ciudadanos de a pié, que entre comentarios de sobremesa y charlas de café, no logran mirar con claridad el rumbo que tomará el país ante las inminentes elecciones del 1 de julio próximo.

La complejidad manifiesta

Las elecciones de 2018 son las más grandes y más complejas en la historia política de México. 89 millones de ciudadanos podrán elegir más de 3400 cargos de elección popular; renovando el cargo de presidente de la república, 128 senadores y 500 diputados federales, 9 gobernaturas y gobiernos locales en 30 de las 32 entidades federativas. Para el proceso electoral se han destinado más de 7 mil millones de pesos (más de 350 millones de dólares).

En los cuartos de guerra de los cuatro candidatos supervivientes el clima está en natural ebullición. Aunque la mántica estadística muestre un margen de dos dígitos entre el candidato puntero y su cercano competidor, en la política mexicana siempre se dejan espacios libres a las sorpresas.

Las encuestas indican desde hace meses un claro posible ganador: Es Andrés Manuel López Obrador, postulado por el Movimiento Regeneración Nacional (MORENA) y el Partido del Trabajo (PT) quien corre su tercera carrera por la presidencia de la República. Su más cercano competidor, Ricardo Anaya, le sigue detrás y a la distancia, respaldado por la coalición Por México al frente conformado por el centro-derecha Partido Acción Nacional y el izquierda Partido de la Revolución Democrática –otrora contrincante irreconciliable del primero.

Dos debates presidenciales y el respaldo de un partido en el gobierno que sabe capitalizar muy bien la capilaridad de su estructura nacional, no han hecho posible que José Antonio Meade, del oficialista Revolucionario Institucional (PRI), pueda superar el tercer lugar en las encuestas electorales.

Atrás, apenas rozando el 5% de preferencias electorales, se encuentra un polémico candidato independiente, venido de gobernar uno de los estados más prósperos del país: Es Jaime Rodríguez Calderón El Bronco, que con una personalidad intempestiva y a base de propuestas polémicas -como de “cortar la mano” a delincuentes y corruptos- ha hecho las veces de un candidato bisagra, que algunas veces aporrea al candidato puntero y otras veces parece reconciliar entre abrazos y bromas, las distancias políticas entre los otros competidores.

Hasta el pasado 16 de mayo, contendía también Margarita Zavala, esposa del ex presidente Felipe Calderón y primera candidata independiente en la historia política del país. La ex primera dama habría optado por la vía independiente luego de que Anaya se hiciera de la candidatura presidencial dentro del partido donde también ella militaba, causando una fuerte fractura a su interior.

Elecciones y violencia

Producto del régimen presidencialista vigente, los focos mediáticos se centran en la contienda por la cima y destinan pocos oteos sobre los amplios valles de los comicios locales, donde se libran campañas electorales de alta complejidad y donde se muestran con mayor detalle las filtraciones y los embates de otros actores y problemáticas en el juego electoral. En fechas recientes se ha dado a conocer que más de mil candidatos han renunciado a la contienda, muchos de ellos por motivos de seguridad. En el piso local, lejos de los reflectores y del peso político de los cargos, la violencia y el crimen organizado hacen pesar su propio voto.

La percepción peatonal

Afuera, en las calles, el clima no es de competencia ni de opiniones convencidas. La incertidumbre se transpira y hay dejos de confusión que han nublado las perspectivas de los electores. Incluso el voto duro, sujeto a los vaivenes del mercado de dádivas, no parece irrompible como en otras ocasiones. Son –en opinión de expertos- síntomas de la poca claridad y contraste entre las propuestas políticas que se ofrecen y en buena medida, por la sensación de tedio y desesperanza que ha dejado el divorcio entre ciudadanía y gobierno. No es un problema nuevo ni es exclusivo de México, pero en el actual escenario se configura como un serio desafío para quienes buscan los sufragios.

México: el país del día después

Una de las preocupaciones crecientes de las últimas semanas en el electorado mexicano se configura en torno al nerviosismo que despierta el panorama post electoral. La idea repetitiva gira en torno a amenazas de fraude electoral, fuga de capitales y relaciones internacionales ásperas, todas dependientes del resultado de la elección presidencial. Una idea que tiene sus razones en la memoria popular pero que es atizada sutil o claramente por los propios contendientes.

Al escenario post electoral se le suma la preocupación para transcurrir el proceso comicial resolviendo las dificultades que ofrecen el tener una opinión pública cada vez más polarizada que deja poco margen a la concordia y que dificultaría en gran medida el arranque del nuevo gobierno.

Frente a ese escenario y respondiendo a una de sus tareas primordiales en la promoción del diálogo político y la participación ciudadana, el Movimiento Políticos por la Unidad (MpPU) en México, en colaboración con el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC) llevaron a cabo el pasado 18 de mayo, un ciclo de conferencias en torno al papel de la ciudadanía frente a los días venideros. Con el título México, el país del día después: Elecciones, retos y propuestas desde una ciudadanía más plena, dicho espacio para la reflexión ofreció una oportunidad para asomarse al escenario político y ofrecer algunos insumos para una ciudadanía en salida.

Durante su intervención, el Dr. Francisco Porras ofreció un análisis profundo sobre la complejidad que envuelve el contexto actual, donde se precisa el discernimiento personal que se ponga a salvo de los problemas retorcidos que frecuentemente presentan soluciones fáciles -en apariencia- pero frecuentemente errados y superficiales. Un esfuerzo de construcción de ciudadanía que trabaje por la superación de los problemas fundamentales, que requiere además, un compromiso por el diálogo abierto, la altura de miras, y el trabajo centrado en el bien común, más allá de colores y perspectivas.

Por su parte, el Mtro. Alberto Serdán, de Frente a la Pobreza, presentó los avances del monitoreo que su organización lleva adelante en el uso electoral de programas sociales, una práctica común en la cultura política mexicana y que arrastra por las vías del clientelismo y el asistencialismo mareas de votos dirigidos hacia opciones definidas. Entre cifras y definiciones, Alberto Serdán fue claro en afirmar que quien pierde en ese uso distorsionado de los recursos públicos destinados al combate a la pobreza, es precisamente el combate a la pobreza. Para tal fin, la organización Frente a la Pobreza ha puesto el proyecto Democracia sin Pobreza, una plataforma pública a través del cual la ciudadanía pueda vigilar y denunciar el uso faccioso y condicionado de recursos públicos.

Quedan adelante semanas de fragor electoral. Del llamado a las urnas vendrá –tan inevitable como necesario- el llamado al diálogo y a la construcción de un país que tiene una oportunidad histórica para hacer avanzar su fortaleza democrática y su madurez ciudadana hacia un camino que no se mida por un sistema métrico sexenal, sino por saltos de calidad hacia un destino posible donde quepan todos, sobre todo aquellos que han quedado rezagados.

Por Christopher Jiménez

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