Votantes y abstencionistas, las caras de la democracia en Colombia

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FOTO: ASD

En Colombia la moneda de la participación política tiene dos caras. En una se asoma el rostro del votante y en la otra el del abstencionista. Así que en cada elección, nuestra sociedad civil lanza esa moneda al aire para definir la suerte política del país.

El bien común, propósito inspirador de las sociedades democráticas modernas, se ve en problemas, cuando nuestro sistema político no logra captar el interés ni la participación de la mayoría de ciudadanos.

¿El voto respalda o debilita al sistema político?

Cuando la moneda cae del lado del votante, vemos que un poco menos de la mitad de las personas habilitadas para votar, sale y elige dentro de la oferta electoral. En las recientes elecciones al Congreso, se sumaron 17.818.185 de votos, el 48,82% del total.

Aunque el voto se considera un respaldo a las instituciones y al sistema político, también se sabe que una parte son fruto de la compra de votos, lo que desvirtúa la esencia de la participación política electoral y la reduce a una transacción, lo que quita credibilidad a los candidatos y su capacidad de representar los intereses de las personas.

Se percibe que los congresistas son corruptos, al igual que otras instituciones de gobierno y justicia. En la prensa se reportó que al menos un 40% de los candidatos que se presentaron a las elecciones del 11 de marzo tienen relación con actividades o estructuras ilegales.

Si bien el voto transparente fortalece al sistema y procura el juego de contrapesos que debe existir en una democracia, el voto corrupto le quita capacidad de control político a los no corruptos, manchando también su reputación.

¿Qué significa el abstencionismo?

El otro lado de la moneda es el abstencionismo, que sigue siendo más alto que la participación electoral. Para las elecciones al Congreso había 36.493.318 de personas habilitadas para votar, sin embargo, dejaron de participar 18.675.033, el 51,18% del total.

Si bien el sistema político no reconoce a la abstención como una expresión legitima, el silencio de más de la mitad de los electores potenciales sí es un mensaje para los políticos y el sistema.

La alta abstención en Colombia cuestiona la capacidad de los políticos y de los partidos de representar el interés mayoritario, hay dificultad para conectar con las expectativas de más de la mitad de las personas, lo que hace más difícil el ejercicio de gobernar en función del bien común y, al mismo tiempo, facilita la representación de intereses particulares.

¿Y cómo salimos del laberinto político?

Entre la corrupción electoral y la abstención, el sistema político se ve reducido en su capacidad de gestionar el bien común para la mayoría de los ciudadanos. Sin embargo, las formas de abordar estos hechos son diferentes.

La abstención nace de la frustración, el desencanto y la desconfianza del ciudadano en el sistema político y en las instituciones del Estado, tanto de gobierno, como de legislación y justicia, según su experiencia. En el fondo, hay un argumento de que no importa participar porque de todos modos las cosas seguirán igual.

Mientras que la corrupción electoral es un delito, en el que se secuestra al bien común para privilegiar intereses particulares. Esta costumbre clientelista debilita al sistema político, refuerza la idea de que ya hay un orden que no se puede cambiar y que es mejor “dejar así”.

Sin embargo, si es una experiencia negativa la que hace que se reproduzca la desconfianza en el sistema político, será, entonces, provocar experiencias positivas que restituyan la confianza.

De la participación electoral a la ciudadanía

Para una sociedad nueva se requiere de una cultura nueva. Hay un enorme espacio para formar una cultura ciudadana que facilite comprender que las transformaciones sociales más importantes se producen desde las bases. Una nueva práctica cultural como ciudadanos debe invitar a transformar los comportamientos en la vida cotidiana. No es solo estar presente, es participar de la gestación de nuevas formas de hacer las cosas, animados desde el bien común.

La vida es un juego de largo plazo que requiere de jugadores que apuesten constantemente por un bien superior, aquel que está por encima de los intereses particulares. Cuando esta idea se encarna en micro – estructuras como la familia, la empresa, el colegio o la universidad, se producen experiencias favorables que ratifican el sentido de apostar al bien común.

El efecto práctico de la cultura ciudadana

Para esta sociedad y cultura nueva se requiere la comprensión y la puesta en práctica de acciones motivadas por el interés general que superen la idea de obtener un beneficio particular. Esta iniciativa, que tiene un aroma romántico, en realidad tiene un efecto práctico. La sociedad tiene un destino compartido, por tanto, como un barco, estará a flote y avanzará con todos o se hundirá para todos.

La mirada fragmentada de la sociedad no permite ver la interdependencia que existe entre los diferentes grupos que la conforman. El considerar que una parte del cuerpo social es sostenible en el tiempo sin las demás partes, representa una idea autodestructiva como sociedad. Es como pensar que la lluvia mojará a unos y a otros no. Los fallos y los aciertos del sistema político benefician o perjudican a todos, el individualismo produce lucro en el corto plazo, pero en el mediano y largo plazo hace que la jugada no valga la pena para ninguno.

El reto de romper la paradoja electoral

No se vota porque no hay cambios y no hay cambios porque no se vota. La paradoja se reproduce cuando la cultura ciudadana sigue siendo la misma. El cambio es cultural, es con acciones nuevas de los ciudadanos que se germina una sociedad nueva.

El problema no es el sistema político, es la corrupción que habita en él. Por tanto, no se arregla cambiando su cuerpo sino aliviando la enfermedad que padece. De lo contrario, sería un comportamiento suicida como sociedad.

A la política corrupta solo le sirven electores, no le sirven los ciudadanos votantes. Estos, por su experiencia ya conocen el poder transformador del servicio a los demás, del bien común. Este ciudadano reclama una política distinta, por tanto, es una oportunidad para quienes sepan relacionarse con él y representarlos de maneras nuevas.

Este ciudadano comprende que la política es el servicio a otros, por experiencia le consta que sí es posible una cultura nueva, y por tanto, una sociedad nueva. Cuando la persona pasa de elector a ciudadano activo la corrupción pierde terreno, se fortalece el sistema y las instituciones políticas, se mejora su respuesta a los intereses ciudadanos, y se fortalece la confianza entre las partes.

La nueva política, en la medida que rompe lazos con la corrupción, empieza con ciudadanos políticos, que en su quehacer fortalecen el bien común. Al final la lucha no es contra la política sino contra la corrupción que quiere persuadirnos de que no hay oportunidad de ganar como sociedad, cuando en verdad cualquier lado de la moneda debería, y podría, ser la cara del ciudadano y el sello de la participación ciudadana, sacando a la mala política de nuestra suerte como país.

Por Vicente Guerra

 

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