Navidad: La revolución que continúa

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FOTO: AURELIO SOTO DUQUE

¡Todos uno! Es una meta. Es una orden: una orden de Aquel a quien todos deberían someterse con alegría. Dios es nuestro Padre. Si los cielos se abrieran y él nos hablase, mirándonos uno por uno nos diría: “¡Todo uno! ¡Son hermanos, por lo tanto únanse!”

Un día el cielo se abrió, porque el Verbo se hizo hombre, creció, enseñó, hizo milagros, recogió discípulos, fundó la Iglesia y antes de morir en la cruz le dijo al Padre: “Que todos sean uno”. No se dirigió a los hombres; quizás no le hubiesen entendido. Se dirigió hacia el Padre, porque el vínculo de esta unidad es Dios, y nos obtuvo la gracia de, entre nosotros, poder ser una sola cosa.

Ahora bien, nosotros los cristianos hablamos mucho de la unidad del Cuerpo místico, de la Iglesia, pero a menudo caemos en el absurdo de saber las cosas, de conocerlas, pero no vivirlas.

Sabemos que somos hermanos, sabemos que nos une un vínculo, pero no actuamos como hermanos. Pasamos uno al lado del otro sin mirarnos, sin amarnos. ¿Pero entonces, en qué consiste nuestra fraternidad?

Sí, si estamos en gracia, Dios ya nos une, pero eso no es todo lo que quiere de nosotros. Él quiere que abramos los ojos y nos miremos y nos ayudemos mutuamente y nos amemos. Quieres que amemos a los demás como a nosotros mismos. Realmente así, como a nosotros mismos.

Pero ¿hoy en día, quién lo hace? Y entonces, ¿por qué Jesús dijo eso? ¿Es posible que sólo los santos vivan el Evangelio? ¿Y los cristianos qué hacen? Tratan, cuando puede, de no hacer el mal y, cuando tienen ganas, hacer un poco de bien.

Esto no es lo que Jesús quería.

Si caminas por una ciudad pagana, casi no te das cuenta de que estás en una ciudad cristiana. Porque en las ciudades cristianas no se ven auténticos cristianos, esos que dan testimonio de su Dios.

Es culpa nuestra. Nos hemos olvidado de lo esencial. Tenemos los ojos ciegos por los bienes, por los negocios, por los afectos, las ideas personales y el egoísmo. Nada se pospone a Dios.

Dios existe. Sí, también está Dios, pero es una de las muchas cosas. Te acuerdas de él en ciertos momentos, cuando lo necesitamos.

Como cristianos, debemos vivir de otra manera. Debemos poner a Dios en su lugar y dejarlo todo por Él.

Y él nos enseñará cómo debemos vivir, y nos repetirá sus palabras: “Ámense”.

Esto es todo.

Si cada uno de nosotros traduce estas palabras en vida y ama a quien tiene a su lado como lo haría Jesús, de cada uno de nosotros partirá la chispa de la revolución cristiana, que consiste en obligar, con el amor, a que los hombres se reconozcan como hermanos y se traten como tales.

Entonces cambiarían muchas cosas. Mi familia sería la humanidad. Como dijo Jesús: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios”.

Y pasando por las calles del mundo, nos daríamos cuenta de que los hombres no son sólo hombres, sino hijos de Dios.

¡Todos uno!

Hacer de la tierra una sola familia, donde la norma de toda norma se el Amor.

Hacer de cada ciudad una ciudad nueva.

Este es nuestro objetivo.

Si no trabajamos para esto, como cristianos podríamos considerarnos fracasados.

 

Por Chiara Lubich

 

Roma, (Città Nuova – Año XVI – n°24) 25 diciembre de 19721

1 Un fragmento se ha publicado en ‘Navidad para todos’. Ciudad Nueva, Buenos Aires, pág. 33

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