Un hombre bueno y justo

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Quien conoció a Gianni Caso puede decir que, más que a un jurista que llegó a los niveles más altos de la magistratura, conoció a un hombre bueno y noble.

Jurista y magistrado, editorialista de Ciudad Nueva y por muchos años responsable de la red internacional “Comunión y Derecho”, que une estudiosos y trabajadores de los distintos campos del derecho animados por “el deseo de mirar el derecho como medio eficaz y necesario para contribuir a la transformación de la vida de cada colectividad en auténtica comunión” nos dejó el pasado 16 de marzo.

Gianni era un hombre inteligente, de gran cultura y con gran sentido del deber. Severo antes que nada consigo mismo y con quienes eran instrumentos de conflicto e iniquidad. Estaba al servicio de los demás con determinación y dulzura, que translucía su simplicidad evangélica. Evidentemente era consciente de la complejidad de la naturaleza humana, pero tenía una gran apertura y confianza en cada uno; en su posibilidad de tender al bien, característica que podía confundirse con ingenuidad y, en cambio era sólo la manifestación de una gran libertad interior.

Gianni hizo del Evangelio la ley de su vida, haciendo resplandecer con sencillez y fuerza aquella frase de san Marcos que lo ha acompañado siempre: “Quien entre ustedes quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos” (Ms. 10, 44)

Nació en un pueblito de la Campaña, Italia, en 1930 y con la familia, debido al trabajo de su padre que era guardia carcelero, se trasladó a varios pueblitos italianos. Un episodio de su infancia describe muy bien su carácter: tenía 3 años y, como cada día, está sentado a la mesa en la guardería. Mientras una religiosa explica el uso correcto de los cubiertos, Gianni está empuñando el tenedor de manera equivocada y el compañero, viendo que se acercaba la religiosa, le advierte que corrija la posición. Gianni se rehúsa: no quiere fingir y no quiere engañar a la religiosa. Tiene respeto por la institución y se deja coger en el error, recibiendo el justo regaño. ¡Gianni Caso tenía sólo 3 años y ya era Gianni Caso!

Crece en medio del fascismo y vive la experiencia de la guerra… frecuenta los oratorios, recibe una sólida formación cristiana y crece en él una vivísima relación con María que lo acompañará durante toda su vida. Se convierte en dirigente de la sección juvenil de la Acción Católica de Nápoles, y es invitado a los ejercicios espirituales en una casa de formación de los Jesuitas. Cuenta que “Hice una experiencia espiritual fortísima, que incidió profundamente en mi vida interior (…) pero salí de esta experiencia sin ninguna orientación para hacerme religioso o sacerdote (…). En mí se mantenía vivo el interés a la política”.

Continúa a preguntarse sobre su vocación y asiste a diferentes conferencias en congregaciones y comunidades pero sale siempre sin respuesta. Mientras tanto se inscribe en jurisprudencia, pero para no pesar económicamente sobre la familia, participa en un concurso como canciller del Tribunal y pasa. Estudia y trabaja. Después del grado en 1959 presta el servicio militar y en el cuartel conoce a un compañero que viéndolo serio y ferviente, no se atreve a hablarle de la espiritualidad que había conocido pero lo suscribe a la revista Ciudad Nueva.

Ese mismo año, un amigo le pide que lo acompañe a un encuentro que le habían aconsejado. El viaje desde Nápoles a Fiera de Primiero, en las Dolomitas es largo y cuando llegan cansados, después de varias escalas en cambio de un hotel turístico, les asignan dos catres y les avisan que al día siguiente habría un gran evento. En la mañana participan en la parroquia a la consagración de los todos los pueblos al Corazón Inmaculado de María. En esos días queda muy impresionado por un tema en el que se hablaba de la aplicación de la espiritualidad de la unidad en política. Gianni comprende que es posible concretar su vocación laica, civil, política.

En 1961 Gianni se convierte en juez en Milán y puede vivir cerca al focolar donde va siempre para entender si tal vez ese es “su lugar” y luego sigue su aventura como Juez pero viviendo en focolar. Son años intensos, de trabajo y donación, en los cuales se compromete con jóvenes y familias. Más adelante se le presenta otra posibilidad de trabajo para contribuir en la editorial Ciudad Nueva y se traslada a Roma. En 1968 retoma su trabajo en el Tribunal de Roma y luego en el Trentino Alto Adige. Son los años difíciles de la contestación juvenil, de las amenazas contra los servidores del Estado como Gianni; de intrigas nacionales e internacionales. Él advierte el peso de no poder hacer más para llevar la paz y dar a conocer el ideal de la unidad a más personas. Su amor lo lleva a entrar en contacto con grupo de jóvenes de la universidad de Trento, donde se formaban algunos de Las Brigadas Rojas, para tratar de entender sus ideas.

Al poco tiempo de ser nombrado por la Corte de Apelación de Roma, es llamado por su presidente que le dice que no obstante su juventud, en un periodo en el que asesinaban muchos jueces, siento soltero, era el hombre apropiado para apersonarse de uno de los procesos más fuertes de la historia italiana: el de los homicidas de Aldo Moro y de otras personalidades políticas. Cada día entra y sale de su casa (el focolar) con la escolta, en vehículo blindado, para ir al tribunal. Y por la tarde toma su automóvil para ir a la Misa. Un día, saliendo de la iglesia, en lugar de hacer el recorrido acostumbrado, sin pensarlo, cambia de dirección (más tarde dirá: por una inspiración interior”) y llega por otro lado al focolar evitando así de ser secuestrado por terroristas que lo esperaban en el trayecto acostumbrado.

En los años ochenta y noventa, Gianni continúa a trabajar comprometiéndose en el campo de la justicia. Es un periodo proficuo en el que realiza iniciativas importantes sobre el problema de la justicia en Italia, en Europa y en cuestiones en el medio penitenciario. Realiza algunos viajes importantes en China y en América Latina, llevando su experiencia en campo humano, ético y jurídico.

En el 2000 comienza un nuevo compromiso con la “Comisión Internacional de Comunión y Derecho” de los Focolares y siguen los años de los Congresos internacionales y escuelas de verano dedicadas especialmente a los jóvenes, mientras se amplia e internacionaliza el equipo.

Desde Turín una magistrada escribe: “En él veía un ejemplo para imitar y alcanzar” y subraya su capacidad de valorizar al máximo todas las categorías profesionales que gravitan en este ambiente; su convicción que no hay categoría legal que no se pueda traducir en categoría evangélica, su tensión al amor que le hacía “perder” su idea para dar cabida a una propuesta mayormente compartida: la particular “atracción” por los últimos del Evangelio: los encarcelados que amaba como si fueran sus hijos.

Un abogado de Sicilia escribiendo a Gianni le agradece por su amor particular por los jóvenes estudiantes y recién graduados…

De Colombia escriben: “Gianni, con amor que superaba las barreras del idioma, se hacía siempre presente, interesándose por cada uno, antes que nada como persona, logrando acoger las potencialidades de quien encontraba y animando a todos con una pasión juvenil a mirar a lo Alto”

Preparado por soledad Rubiano

 

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