La estabilidad de las sociedades y las minorías

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La última mitad del siglo XX estuvo marcada por una tendencia mundial hacia la promoción de la tolerancia y el respeto por la diversidad, como una de las respuestas de la sociedad a las atrocidades ocurridas con dos Guerras mundiales o el genocidio armenio, y como una vía para su no repetición. Conquistas civiles que logran un reconocimiento mundial y que son formalizadas a través de la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948 por parte de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) la cual se fundamenta en el reconocimiento de la dignidad humana para todos los individuos por su misma existencia y sin importar su condición de raza, género, posición económica, nivel de instrucción, estirpe, etc.

Durante los años siguientes este reconocimiento y valoración de la diversidad hace camino especialmente en el mundo occidental promoviendo una cultura de la tolerancia que visibiliza a grupos minoritarios y trabaja a nivel político, social y económico por la protección de sus derechos y las garantías para su participación. Este esfuerzo ha producido efectos muy positivos a nivel político y social en términos de convivencia, inclusión, respeto a la diversidad y el aporte de elementos culturales diversos que como producto de los nuevos encuentros contribuyen a la creación de una nueva cultura global.

De otra parte, esta misma lucha incansable por el respeto de la diversidad, acogiendo en el seno de la sociedades, nuevos valores y prácticas sociales que amenazan con desestabilizar las estructuras tradicionales al punto que toman cada vez más fuerza facciones amplias de la sociedad que son críticos frente a esta postura y que consideran “que se ha ido demasiado lejos y que tiende a confundirse la protección con la promoción desmesurada de dicha diversidad”, y por tanto optan por posturas radicales, “buscan proteger la identidad del propio pueblo, frente a los forasteros, y todas aquellas ideas que amenacen los valores tradicionales”, efecto de esto es el hecho que en distintos puntos del planeta encuentran nuevamente eco en la sociedad, propuestas políticas que buscan la preservación de los valores tradicionales sobre los que han construido sus modelos de sociedad y los sienten amenazados por ideologías de corte liberal que alcanzan una difusión globalizada gracias al desarrollo de los medios de comunicación e intereses supranacionales fundados en ideologías de corte liberal y que tradicionalmente han figurado como representantes de la diversidad y la defensa de sus derechos.

Hoy en el mundo observamos “con cierta perplejidad” cómo proyectos políticos abiertamente críticos, con la visión de los derechos humanos y la promoción a ultranza de los mismos, triunfan en el mundo con el apoyo de grupos tradicionales y en particular de la comunidad de votantes cristianos de diversas tendencias, tal es el caso de Donald Trump en Estados Unidos, Rodrigo Duterte en Filipinas, así como en algunos países de Europa.

¿Es necesario continuar luchando por la promoción de la diversidad y la protección de sus derechos? ¿Está realmente amenazada la estabilidad de las sociedades ante la promoción deliberada de los derechos de las minorías? Una posible respuesta a esta disyuntiva podríamos plantearla desde la necesidad del diálogo como camino de encuentro.

Adela Cortina, filosofa española, asegura que el diálogo inicia con el reconocimiento del otro como un interlocutor válido; lo que implica en sí la superación de la tolerancia como un principio de relación social, pues la tolerancia no se pregunta por el otro, no se deja interpelar, sólo no interfiere, se debe superar el simple reconocimiento de la diversidad, para trascender hacia la construcción de una nueva identidad que sea amplia, común y compartida, en la que como ciudadanos del mundo podamos convivir armónicamente y enriqueciéndonos recíprocamente de la diversidad que cada individualidad aporta al proyecto común de humanidad.

Maria Voce (Emmaus), presidenta del Movimiento de los Focolares, en una locución a la ONU en el año 2015 afirmaba que el mandato que debe acoger la sociedad de hoy frente a las serias amenazas que se presentan para la convivencia en distintos lugares del mundo alentados por prejuicios, atropellos a los derechos humanos e intolerancia religiosa, es a no desfallecer en la activación de los mecanismos de Diálogo para favorecer los canales de convivencia y la conquista de la paz universal. “Hoy más que nunca estamos llamados a ser Extremistas del Diálogo.

Pero no se trata sólo de espacios de encuentro social, o sistemas éticos de comportamiento, todo esto debe ir acompañado de procesos de desarrollo económico y político. El término desarrollo ha sido ampliamente criticado en las ciencias sociales, pero sin desconocer su polisemia, en este texto es usado como el acompañamiento a las comunidades y Estados de tener las condiciones económicas básicas que les permitan el ejercicio de su libertad y la determinación de su futuro.

El diálogo se instaura entre iguales, y la disminución de las inequidades económicas es fundamental para que la coacción no determine la inclusión o exclusión de culturas en un territorio diferente, o las políticas públicas que impiden el traspaso de fronteras. Por ejemplo, mientras que las poblaciones inmigrantes (aun legales) sigan teniendo una remuneración diferenciada -normalmente inferior- por un trabajo, esa persona no es vista como un igual, con el cual iniciar un proceso de integración social, de intercambio y enriquecimiento de la diferencia. De la misma forma, el desarrollo implica políticas públicas que les permitan a los individuos participar de la vida pública, en la toma de decisiones. Estas son condiciones fundamentales para que el diálogo como espacio de encuentro e integración sea posible.

La salida no está en cerrar fronteras, o elegir gobernantes que aseguren “mano dura”, está principalmente en poder colaborar para que las diferentes culturas y naciones, tengan al menos las condiciones básicas necesarias para que sus ciudadanos tengan una vida digna, y con esta base, poderse encontrar en igualdad de condiciones, y mediante el diálogo aportar a la construcción de una sociedad para todos.

 

Por Luis Fernando Ramírez

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