Una economía para erradicar la pobreza

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Sólo ocho personas poseen la misma riqueza de la mitad más pobre de la humanidad. Así evidencia el reporte Oxfa 2017. La propagación de la extrema desigualdad, condena a la pobreza a cientos de millones de personas y pone de relieve la falta de equidad del actual sistema económico.

En esta complejidad, Economía de Comunión, como otros caminos económicos, puede ser considerada como un signo profético. Surge en mayo de 1991 para responder al escándalo de las favelas que rodean la ciudad de San Pablo, Brasil. Chiara Lubich invita a un primer grupo de empresarios a crear empresas que, siguiendo las leyes del mercado, produzcan utilidades para: “poner libremente en común”. El objetivo: “ayudar a los pobres, crear puestos de trabajo, promover la cultura del dar en alternativa a la cultura del tener”.

Pasaron 25 años y actualmente EdC cuenta con alrededor de 500 empresas. Para celebrar el aniversario, del 1° al 5 de febrero se reúnen más de 1100 representantes de muchos países del mundo. En su gran mayoría son empresarios que han elegido la comunión como estilo de vida personal y de empresa. Entre ellos, jóvenes, estudiantes, investigadores y profesores que a través de la vida académica quieren dar fundamento teórico al binomio: economía-comunión. Se trata de un congreso de trabajo para definir pistas y proyectos. Injertado en el programa está la audiencia con el Papa Francisco. Transcribimos apartes del texto de su discurso.

“Economía y comunión. Dos palabras que la cultura actual mantiene separadas y, a menudo considera opuestas. Dos palabras que, en cambio, ustedes han unido recogiendo la invitación que hace veinticinco años les dirigió Chiara Lubich, en Brasil, cuando, ante el escándalo de la desigualdad en la ciudad de San Pablo, pidió a los empresarios que se convirtiesen en agentes de comunión. Invitándolos a ser creativos, competentes, pero no sólo eso. Ustedes consideran al empresario como agente de comunión. Al injertar en la economía la buena semilla de la comunión, han comenzado un cambio profundo en la manera de ver y vivir la empresa. La empresa no sólo puede no destruir la comunión entre las personas, sino que puede construirla, puede promoverla. Con su vida demuestran que la economía y la comunión son más hermosas cuando están una al lado de la otra. Más bella la economía, por supuesto, pero aún más hermosa la comunión, porque la comunión espiritual de los corazones es aún más plena cuando se convierte en comunión de los bienes, de los talentos, de los beneficios.

Cuando el capitalismo hace de la búsqueda de beneficios su única finalidad, corre el riesgo de convertirse en una estructura idólatra, en una forma de culto. La diosa de la “fortuna” es cada vez más la nueva deidad de una cierta finanza y de todo ese sistema del juego de azar que está destruyendo a millones de familias en todo el mundo, y al que ustedes se oponen con razón. Este culto idólatra es un sustituto de la vida eterna. Los productos (automóviles, teléfonos…) envejecen y se consumen, pero si tengo el dinero o el crédito puedo comprar inmediatamente otros, haciéndome la ilusión de superar la muerte.

El modo mejor y más concreto de no hacer un ídolo del dinero es compartirlo con los demás, especialmente con los pobres, o para hacer estudiar y trabajar a los jóvenes, venciendo la tentación idolátrica con la comunión. Cuando reparten y comparten sus beneficios, llevan a cabo un acto de alta espiritualidad, diciendo con los hechos al dinero: Tú no eres Dios, tú no eres señor, tú no eres patrón. Y no se olviden de esa alta filosofía y esa alta teología que hacia decir a nuestras abuelas: “El diablo entra por los bolsillos”. No se olviden de esto.

Es necesario, pues, apuntar a cambiar las reglas del juego sistema económico-social. No es suficiente imitar al buen samaritano del Evangelio. Por supuesto, cuando un empresario o cualquier persona se encuentran con una víctima, está llamado a cuidarla, y tal vez, como el buen samaritano, también a asociar el mercado (el hospedero) a su acción de fraternidad. Yo sé que ustedes intentan hacerlo desde hace 25 años. Pero es necesario en primer lugar actuar antes de que el hombre se tope con los bandidos, luchando contra las estructuras de pecado que producen bandidos y víctimas. Un empresario que es sólo un buen samaritano hace solamente la mitad de su deber: cura a las víctimas de hoy, pero no reduce las de mañana. Para la comunión es necesario imitar al Padre misericordioso de la parábola del hijo pródigo y esperar a los hijos en casa, a los trabajadores y colaboradores que se han equivocado, y allí abrazarlos y hacer fiesta -con ellos y para ellos – y no dejarse bloquear la meritocracia invocada por el hijo mayor y por tantos, que en nombre de los méritos niegan la misericordia. Un empresario de comunión está llamado a hacer todo lo posible para que incluso los que cometen errores y dejan su casa, puedan esperar en un trabajo y unos ingresos decentes, y no encontrarse a comer con los cerdos. Ningún hijo, ningún hombre, ni siquiera el más rebelde, se merece las bellotas.

No hace falta ser muchos para cambiar nuestras vidas: es suficiente que la sal y la levadura no se desnaturalicen. El gran trabajo por hacer es tratar de no perder el “principio activo” que los anima: la sal no cumple su función creciendo en cantidad; de hecho, el exceso de sal vuelve a la masa salada, sino salvando su “alma”, es decir su calidad. Todas las veces que las personas, las naciones, e incluso la Iglesia han pensado en salvar al mundo creciendo en número, han producido estructuras de poder, olvidándose de los pobres.

El capitalismo conoce la filantropía, no la comunión. Es fácil donar una parte de los beneficios, sin abrazar y tocar a las personas que reciben esas “migajas”. En cambio, incluso cinco panes y dos peces pueden alimentar a la multitud si con ellos compartimos nuestras vidas. En la lógica del Evangelio, si no se da todo, nunca se da bastante.

Todas estas cosas ya las hacen. Pero puedan compartir más aún los beneficios para luchar contra la idolatría, cambiar las estructuras para prevenir la creación de víctimas y bandidos; dar más de su levadura para que leude el pan. El “no” a una economía que mata se convierta en un “sí” a una economía que hace vivir, porque comparte, incluye a los pobres, usa los beneficios para crear comunión.

Les deseo que sigan su camino, con coraje, humildad y alegría; alegría: “Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9,7). Dios ama sus beneficios y talentos dados con alegría. Ya lo hacen; pueden hacerlo todavía más.

Les deseo que sigan siendo semilla, sal y levadura de otra economía: la economía del Reino, donde los ricos saben compartir su riqueza, y los pobres… y los pobres son llamados bienaventurados”.

Por Redacción CN

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