Nunca estaré solo

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No puedo decir que no he tenido una vida muy cercana a Dios. No soy de esos que van muy seguido a la Iglesia ni tampoco rezo a menudo. Siempre fui muy tímido. Mejor dicho: demasiado tímido. Me era difícil comunicarme con los demás y por eso era muy callado.

Con el paso de los años encontré la forma de expresarme con el lápiz y el papel. Me servía mucho cuando había algún problema que me angustiaba o, cuando de vez en cuando, alguien especial pasaba por mi vida. Podría decir que sentía que no era bien aceptado y era una persona solitaria y no tenía muchos amigos, pero los que tenía eran los mejores que cualquier persona desearía tener. De todos modos era una persona triste. La melancolía que el día a día me hacía vivir la sociedad, me inspiraba a escribir, me hacía reflexionar sobre las cosas que iban mal. Miraba por la ventana y veía que vivir en este mundo no valía la pena. Sentía que todos me daban la espalda y de no ser por mi familia, yo estaba perdido.

Mi madre era muy importante para mí porque gracias a ella y a su apoyo, pude salir adelante. Realmente estaba pasando por una crisis existencial. Me preguntaba quién era yo y era una pregunta que me rondaba como una gran pesadumbre. Era como un ladrón merodeando en la noche.

Pasaba días enteros recordando cosas pasadas, momentos un poco más felices y me sentía solo en el mundo y, aunque tenía personas cerca, hacía como si no estuvieran e intentaba aislarme de todos. Una noche, solo en mi cuarto le pregunté a Dios por qué estaba aquí; si él quería verme sufrir y si me oía, le pedí que me diera una señal que no se había olvidado de mí. Pasaron los días y ya no recordaba ese coloquio con Dios, que se había diluido junto con mi esperanza. Y una mañana mi mamá entró a mi habitación mientras yo estaba en la cama medio dormido pero ella comenzó a contarme de un grupo de jóvenes que había conocido que le había parecido muy interesante y me preguntó si quería ir a conocerlos. Mi primera reacción fue decirle que no tenía ningún interés pero después, un poco por el cansancio y viendo que ella seguía ahí, le dije que lo pensaría. Pero me quedé pensando y me acordé de aquello que había pedido a Dios y de mi deseo de cambiar y, luego de pensarlo mucho, y con la seguridad que iba a ir y luego no volvería más. Bastante asustado, resolví asistir a aquella cita.

Cuando llegué encontré un grupo de chicos adolescentes. Me recibieron con mucha cordialidad y me sentí muy acogido. Eran los chicos del Movimiento de los Focolares. Me gustó mucho y seguí participando a sus encuentros que me daban mucha alegría. No sé si fue Dios o fue una simple coincidencia pero en el fondo creo que fue Dios que me escuchó.

El estar con ellos me ha dado una gran plenitud. Me gusta estar con ellos y los considero como mis hermanos que con su vida y su alegría me mostraron un camino diferente y han hecho que mi vida sea más completa. Ahora el amor colorea cada cosa y es el motivo por el cual me levanto cada mañana, dispuesto a amar a quien tengo cerca.

Antes era triste y continuamente cuestionaba si Dios existía… pero veo que Él no se ha olvidado de mí y nunca lo hará. No importa cómo vayan las cosas. Él está ahí como el papá o la mamá y aún más porque está dentro de nosotros. Tengo que admitir que sin Él no sé qué habría sido de mi vida.

Sé que nunca estaré solo.

Por Lucas Ponce (Bolivia)

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