Entre la confrontación y el diálogo político

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Colombia en el post plebiscito: entre la confrontación y el diálogo político

¿Y qué dicen los resultados del plebiscito en Colombia?

El plebiscito por la paz, realizado el 2 de octubre en Colombia, puso a prueba la cultura ciudadana y la fortaleza de la institucionalidad del país, y reveló las fuertes contradicciones en cuanto a nuestros propósitos comunes como sociedad.

En las semanas anteriores al plebiscito vimos un país dividido, con una fuerte polarización entre las partes, con campañas agresivas, que promovieron más las emociones que las razones, en un terreno abonado por la incertidumbre.

El plebiscito nos mostró un país de votantes y no votantes

Después de las votaciones, se pudo ver mejor al país. La noticia no está en cuál posición ganó, ni en el estrecho margen de la votación. 38 de cada 100 ciudadanos en capacidad de votar se confrontaron fuertemente dentro de las reglas de juego de la democracia por una visión de sociedad, que cada uno vinculó con el Sí o con el No. La noticia está en que, mientras tanto, los otros 62 ciudadanos también dieron un mensaje con su abstención. Y esa mayoría no está representada por nadie.

La oferta del sistema político no es atractiva para los abstencionistas

La democracia como juego político se apoya en la diversidad de argumentos que permiten construir una sociedad donde quepan todos los ciudadanos. Es de esperar que existan las contradicciones y las diferencias, por tanto, también las tensiones. Sin embargo, se asume que en ese ir y venir, en ese constante intercambio y negociación, se gestiona el conflicto de intereses particulares y surge cada vez una sociedad con capacidad de responder a los retos de su tiempo, que avance hacia el bien común.

En el caso colombiano, hay dos tercios de ciudadanos y votantes que no encuentran motivos para participar del juego democrático. Es una mayoría amplia que con su decisión de no votar define una paradoja en el escenario político, en el que con 18 votos de cada 100, menos de un tercio, se decide el futuro del país.

Los abstencionistas y su silencio

El primer impulso es creer que el abstencionismo se da por falta de cultura ciudadana o de conciencia política, que el abstencionista no entiende la importancia del voto, de la participación ciudadana o de la democracia como sistema político. Es decir, que el problema es la persona que no votó, cuando en realidad, es el sistema político, que no ofrece suficientes motivos para la participación ciudadana, no sólo como voto, sino como espacios de construcción social.

El silencio de los abstencionistas es un mensaje que el sistema político no logra comprender, revelando su incapacidad para interpretar a toda la sociedad.

El segundo impulso es asumir que el abstencionista no hace parte de la sociedad o no debería tener derechos como ciudadano, puesto que no votó. Sin embargo, sí es parte de ella y tiene los mismos derechos que el votante. Esa es una condición de la democracia como sistema político. La señal es que la oferta política no satisface la demanda ciudadana, por tanto, se abstiene de consumir aquello que no le sirve.

No se debe atentar contra una de las bases de la democracia, desconociendo la libertad del ciudadano para expresar su acuerdo o desacuerdo con el sistema político y sus resultados. La anulación del que piensa distinto es un comportamiento propio de las dictaduras y no de las democracias.

¿Qué mostró el plebiscito sobre el sistema político colombiano?

En el sistema electoral colombiano participan casi 4 de cada 10 personas. Los otros 6 no entran al juego, sin embargo, lo observan y sus resultados los afectan. En el fondo, hay una gran incredulidad sobre las promesas del sistema, que no se cumplen en muchos lugares del país.

Los argumentos y los tonos de las campañas revelan una brecha entre los electores y los políticos, a los que les toca convencer sobre la hora a los votantes para que se inclinen a su favor, con más parecidos a un concurso de popularidad que con un ejercicio democrático. Por eso, la campaña tuvo más de mercadeo emocional que de argumentación política y despertó más pasiones que razones.

Las prácticas políticas tradicionales están ligadas al clientelismo partidista, según el cual el poder y los beneficios sólo son para los ganadores. Por eso, en nuestra tradición política perder es igual a ser excluido del ejercicio del poder y de la participación política. Queda el mensaje de que el bien común es sólo para los que ganan.

Hay remanentes de una costumbre sembrada durante el Frente Nacional, momento en el cual los partidos conservador y liberal decidieron alternarse en el poder durante 4 períodos de gobierno (16 años), hecho que detuvo en parte la violencia política en campos y ciudades colombianas, pero que dejó la idea en una generación de ciudadanos de que votar era algo inútil porqué ya se sabía de antemano quienes iban a ganar. Otro efecto es que borró las distinciones ideológicas, como si las ideas políticas fueran el problema, y desconoció que eran las prácticas excluyentes de gobierno las que alimentaban a la violencia política. El mensaje que quedó es que para qué participar si todo está arreglado entre los que mandan.

Otro rasgo del retrato político de la sociedad colombiana es la idea de que el líder es caudillo, que propone y ejecuta un ideario al que el partidario simplemente adhiere. Eso deja al ciudadano en un papel pasivo, de seguidor y no de sujeto político. Eso abre un espacio a prácticas paternalistas en las que el ciudadano pareciera incapaz de ejercer sus derechos y responsabilidades, y como un infante, necesita de quién lo tome de la mano y lo lleve por el camino del bienestar. Esta creencia política refleja una relación de dependencia entre ciudadano y político.

Una oportunidad: cultura ciudadana desde la Fraternidad

Independientemente de la filiación política y las ideologías, es un hecho que se requiere de un ejercicio de diálogo y reflexión sobre los propósitos comunes que Colombia tiene como sociedad. El fortalecimiento de una Cultura Ciudadana aportaría las técnicas para desarrollar el diálogo entre quienes son diferentes para encontrar los propósitos comunes.

El fomento de la Fraternidad, no sólo como categoría de estudio, sino como práctica cultural ciudadana, permite mediar las relaciones a partir de un interés compartido como es el bien común. Es vocación de la Fraternidad hallar las categorías que unen sin borrar las distinciones que construyen la identidad de quienes entran en el diálogo.

La Fraternidad como práctica cultural tiene el poder de transformar el comportamiento de las personas, aún sin tocar las estructuras ni la política pública. Produce un acuerdo de voluntades por encima de ley y de la norma, es un acuerdo ético entre ciudadanos que encuentran una acción de interés común.

Esta idea va en contravía del paradigma muy arraigado en la sociedad de que los cambios se logran a partir de las estructuras políticas. Sin embargo, es un hecho verificable en quienes ya hacen la experiencia de practicar la Fraternidad en sus ambientes cotidianos.

La cultura, animada desde el principio fraternal, redescubre el sentido compartido de la vida social, ya que parte de la voluntad y la convicción de comportarse de otra forma, en contracorriente a las costumbres individualistas.

Otro de sus efectos, es producir una nueva comprensión de la política, no reducida al acto electoral de elegir y ser elegido, sino al hecho de construir tejido social en la relación con cada persona y estructura. Así, desde la Fraternidad, cada hecho que promueve la dignidad humana, es también un hecho político, volviendo a poner a la persona humana en el centro de las preocupaciones y ocupaciones de la sociedad.

La transformación del liderazgo y de ciudadanía en perspectiva de la Fraternidad

La fraternidad, como práctica cultural del ciudadano, aporta a la transformación del liderazgo en la política pública y privada. La reenfoca como servicio a los demás, por tanto, como una herramienta para la búsqueda y el logro del bien común, como gran propósito compartido por la sociedad. Ese propósito será, entonces, fruto del diálogo entre las diferentes partes de la sociedad y no a la adhesión al ideario personal de los líderes políticos. Así, se pasaría a una agenda pública de la ciudadanía hacia la política.

El diálogo como camino para la transformación social

Una cultura ciudadana en clave de Fraternidad se apoya en el diálogo entre los diferentes. Es una técnica comprobada que parte del reconocimiento del otro como una riqueza, en la medida en que representa una visión diferente a la propia. En ese reconocimiento hay una aceptación explícita de que el otro tiene la misma dignidad y que es un diálogo horizontal, entre personas a la misma altura.

Este diálogo fraterno, aporte que puede hacer cualquier ciudadano en sus ámbitos cotidianos, requiere de una escucha sincera y profunda. Su propósito es que cada uno pueda ponerse en el lugar del otro, comprender sus motivaciones y su contexto. No se trata de convencer al otro, es cuestión de conocerlo o reconocerlo, lo que amplía el horizonte político y social de quienes participan de esa relación de diálogo fraterno.

Esa práctica cultural del diálogo no implica que los diferentes se homogenicen, que pierdan su distinción, por el contrario, se reafirma la identidad y se construye la relación no desde el sometimiento o la subordinación de unos, sino desde los propósitos más grandes que son comunes a todos.

Algunos aprendizajes del plebiscito por la Paz en Colombia

La presión sobre los ciudadanos para elegir el Sí o el No en el plebiscito, reafirmó la tradición abstencionista de la ciudadanía colombiana. No será así que se transforme la participación ciudadana en mayores votos y presencia en las instancias democráticas.

El mercadeo político no resolvió el abstencionismo, sólo logró polarizar a parte de la población entre dos opciones y no logró atraer a los abstencionistas. Este es indicio de que el camino de la transformación del sistema político colombiano tendrá que surgir de otro tipo de estrategias relacionadas con los intereses comunes de los ciudadanos y no de la agenda particular de los grupos políticos.

Se reafirma la brecha existente entre políticos y ciudadanía, castigando la vocación natural de la política como herramienta para el bien común. La agenda de grupos y partidos políticos no logra encontrar fácilmente puntos de coincidencia con los intereses de la ciudadanía de a pie.

Aunque se presentó una alta presión sobre los ciudadanos, al punto de darse descalificaciones mutuas entre las campañas, se destaca que el hecho político se dio entre la institucionalidad del país, sin manifestaciones por fuera de ella. Se evitó canalizar las fuerzas políticas por medios distintos a los contemplados en la Constitución. Ese es un mérito, especialmente, cuando el margen fue tan estrecho entre el Sí y el No, la abstención siguió siendo muy alta, y las dos partes anunciaban desastres en caso de perder en las votaciones.

Se constata que la sociedad civil deberá persistir en un ejercicio de formación en cultura ciudadana, porque una sociedad nueva requiere de una cultura nueva, en la que puedan cambiarse paradigmas individualistas por otros más fraternos y útiles, en los que el logro del bien común produzca mayor satisfacción que el bien particular.

Esa sería una expresión suprema de fraternidad, construir un país a la medida de los más vulnerables, así no sean de la misma filiación política, ideología, credo o cultura. Dirán que es una utopía, pero ya lo decía Eduardo Galeano, las utopías sirven para caminar y avanzar juntos. En ese sentido, la Fraternidad es una utopía necesaria para salir del escenario actual y pasar al siguiente, en el que el ciudadano abstencionista y el votante, encuentren la motivación y la convicción para ejercer su derecho político activamente en la democracia colombiana. Si no se sigue caminando más se tardará la sociedad colombiana en llegar a un sistema político fortalecido por el logro del bien común.

Por Vicente Guerra

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