¿La misericordia puede ser una categoría política?

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Independientemente de la posición frente a los diferentes cuestionamientos políticos y sociales del mundo, es importante continuar a profundizar en el tema de la misericordia puesta en práctica, cuyo jubileo celebramos este año, en los distintos ámbitos del quehacer humano.

Los mensajes cotidianos del Papa Francisco, con sentido global y profundamente humanos, recuerdan la Misericordia al mundo. Una misericordia concreta, palpable que puede curar heridas reales de cada individuo, de las familias, de las comunidades. Las palabras del Papa, en cualquier contexto las diga, tienen un valor que trasciende su sentido religioso. Y está diciendo lo que hace mucho tiempo este mundo necesitaba oír: la voz de la esperanza.

La esperanza de un mundo donde con el esfuerzo, se pueda soñar un futuro alcanzable; una vida en la que exista espacio para las reconciliaciones entre las personas, los credos y los países a pesar de sus profundas diferencias. Un mundo donde haya lugar para los pobres, los olvidados; los que son diversos; los que vienen de tierras lejanas empujados por el hambre, la guerra y la violencia; los que hablan otras lenguas. Francisco apuesta a un mundo donde haya lugar especial para el perdón, y un nicho para acariciar la belleza de la palabra ternura, tan cercana como olvidada.

Y, en este tiempo caracterizado por tantos conflictos, que él ha denominado “la guerra a pedazos”, en donde los extremismos religiosos se convierten en terror, la esperanza representa un manantial de agua nueva y fecunda sobre los problemas del presente. Dios, ha sugerido en muchas ocasiones el Papa Francisco, no es una abstracción metafísica. Él «actúa en la vida de las personas, pero también detrás de los procesos históricos de los pueblos y de las naciones, incluso en los más complejos e intrincados». Es «el rostro de Dios», hallado y reconocido en su misericordia, quien hace posible otra manera para afrontar el compromiso histórico y político.

Antonio Spadaro, director de la revista “Civiltá Católica”[1] subraya la misericordia declinada como «categoría política» en el tablero internacional que acuerda «no considerar nunca nada ni a nadie como definitivamente ‘perdido’ en las relaciones entre naciones, pueblos y estados». Quiere decir, por ejemplo, que ningún sujeto histórico puede ser identificado siempre como «enemigo» absoluto y eterno, y que el enemigo mortal de hoy puede convertirse en el compañero de camino de mañana. Según el Papa Francisco es deseable también que «el lenguaje de la política y de la diplomacia se deje inspirar por la misericordia, que nunca da nada por perdido».

El arrepentimiento y la comunidad

Partiendo de un concepto que atraviesa toda la obra de Erich Fromm, en el que señala que existen “experiencias específicamente humanas” (la ternura, la compasión y la empatía), que pertenecen a la esencia de la condición humana y son consideradas en la vida privada, Hugo Polcan habla sobre las relaciones sociopolíticas, en particular, en la sociedad sudafricana pos-apartheid y se pregunta por qué estas vivencias no pueden ser aplicadas en la vida pública.

“Entre esas experiencias menciona la misericordia, no casualmente, sino con plena conciencia de su importancia. “En el desenvolvimiento del capitalismo y de su ética, la compasión (o misericordia), que era una virtud cardinal en la Edad Media, deja de ser una virtud (…) En la prosecución de fines políticos y económicos ha desaparecido por completo la compasión. En la moderna sociedad industrial, los actos compasivos han sido reemplazados por la “filantropía”, esa forma enajenada y organizada burocráticamente de satisfacer la conciencia moral”[2]. Esto significa que cabe asignarle a la misericordia la jerarquía de una categoría con entidad y legitimidad en el ámbito político.

Consideramos la misericordia como la actitud de compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenas, quitándole todo matiz de lástima, conmiseración, clemencia. Podríamos decir, ponerse en el lugar del otro y verlo con ojos nuevos, etc. Y mientras la solidaridad se centra en el hombre en cuanto miembro de una comunidad, la misericordia se centra en el hombre como personalidad concreta, con el valor y la dignidad que le corresponde como persona.

No vemos por qué los políticos tengan que dejar sólo en manos de la teología un terreno que también a ellos pertenece. En consecuencia, solidaridad y misericordia son dos conceptos que se complementan y se incluyen mutuamente.

El espíritu burgués que impregna nuestra cultura ha hecho que creamos inevitable la hegemonía del individualismo y el desinterés por el otro. Heredamos una concepción muy estrecha de los deberes ciudadanos. Suponemos que basta con la justicia para alcanzar la paz social. Y la noción de “hacerse cargo” de la situación comunitaria nos resulta absolutamente extraña.

Por el contrario, la misericordia, en esencia, consiste en una actitud de disponibilidad de mi parte hacia el otro, hacia todos los otros. Y esto supone, a la vez, una actitud que lleva a la acción: la prueba de la misericordia son las obras.

El tema nos lleva a alguna reflexión acerca del “perdón” en la vida social, con ocasión de “reconciliaciones” luego de épocas como el caso del nazismo en Alemania, de la Guerra Civil Española, del apartheid sudafricano, del “Proceso” en Argentina y ahora está abierto el proceso de paz en Colombia.

Esas situaciones conmueven las bases del orden social y presentan hechos que se ubican en el terreno de la deshumanización y la barbarie. Y la pregunta clave resulta ser: ¿Cómo rehacerse después de lo terrible? ¿Existen diferentes categorías de culpables y diferentes categorías de víctimas? ¿Cómo fue posible lo que no debió suceder y nunca debió ser permitido? ¿Cómo soportar la memoria? ¿Cómo lograr la comprensión de lo que sucedió y reparar las deudas pendientes y de lesa humanidad?

En Argentina se respondió en términos de una justicia retributiva. Por medio de un juicio penal, se exigió a los responsables de la represión que respondieran por sus actos ante un tribunal y se les dio derecho a un juicio que ellos no concedieron a sus víctimas.

En Sudáfrica, en cambio, las cosas fueron distintas. Allí aparece Nelson Mandela, figura en la que los conceptos de perdón y reconciliación constituyen la esencia de su mentalidad y de su actitud política. Con un gesto admirable, luego de 27 años de prisión, despojado de rencor y de venganza, es el creador de la Comisión por la Verdad y la Reconciliación con la que se termina el apartheid. Todo eso hace que sea llamado, justamente, Padre de la Patria.

Según el espíritu de Mandela, en un proceso inédito de pacificación, se puso la atención en las víctimas, con una justicia reparadora o restaurativa: los victimarios, con el relato de la verdad completa de los hechos, restituían la dignidad a las víctimas y a su vez podían convertirse en ciudadanos libres de una nueva democracia. Se buscó generar un clima de confianza, ya que todos debían formar parte de la solución, y tender no un muro sino un puente entre el pasado y el futuro.

El propósito fue curar, restaurar la dignidad de las víctimas y no castigar a los culpables. La condición era que el victimario reconociera los hechos y relatara la totalidad de lo actuado.

El reconocimiento fue también colectivo. La Constitución de 1996 dice: “Nosotros, el pueblo de Sudáfrica, reconocemos la injusticia de nuestro pasado”. Se trataba de saber mantener una conversación y poder escuchar sobre crímenes horribles, vivir el dolor ajeno, obligarse a no dejar de lado lo que no queremos ver y que las víctimas no quedaran solas. Y los perpetradores podían ser ahora fundadores de la nueva sociedad democrática. Así resultó que ellos fueran los primeros interesados en decir la verdad.

(…) El arrepentimiento restituye el individuo a la comunidad. Es el reconocimiento lo que hace posible la reconciliación.

Con los delitos de lesa humanidad, todo el sistema queda “deshumanizado” y sólo la reconciliación permite “rehumanizar” el conjunto. Sin reconciliación, los procesos penales vendrían a ser en realidad actos de venganza. En cambio, el objetivo de la reconciliación no es castigar sino restaurar la comunidad, de manera conjunta, a víctima y victimario. Al declararlo todo, el perpetrador se convierte en un nuevo ciudadano que se abrió a la comunidad política. Y esa declaración produce un cambio de la situación. Lo que fue la violencia ahora es vida cívica. El valor curativo de la palabra provoca una “transfiguración” (Desmond Tutu) de la vida social. Y la reconciliación restablece la solidaridad, sin la cual no hay Nación.

Si las sociedades desean perfeccionar la democracia, deben atreverse a pronunciar la palabra “misericordia” en el lenguaje político. Se impone la tarea de ir sembrando un sentido comunitario y de lograr introducir una actitud existencial hacia el otro que impregne todos los ámbitos de la sociedad.

Se hace necesario un esfuerzo moral de sinceramiento y equidad. Esto implica la vigencia de una ética colectiva y una fundamentación genuina de la política. Comprender que el sentido esencial de las leyes es el de ser la encarnación de las exigencias de la condición humana en el orden jurídico”.

La noción de misericordia es imprescindible para una nueva perspectiva mental. Hasta aquí Hugo Polcan.

Dando un vistazo a la historia del mundo tan llena de conflictos y guerras, podemos afirmar que cada vez que los pueblos pasan por un proceso de paz, es la humanidad en su totalidad la que da un paso hacia adelante, no sólo porque la paz nos engrandece como especie sino porque cada proceso de paz es un aprendizaje que nos da las claves para el siguiente. En Colombia estamos viviendo un momento histórico. Estamos en un proceso de paz que tiene la posibilidad de hacernos “cambiar de página”, de dejar atrás una gran cantidad de referencias como un pueblo que se ha leído así mismo a través de la violencia.

Para esta “guerra a pedazos” es que se necesitan procesos de paz. La paz se hace entre enemigos. Los amigos hacen coaliciones, encuentros, alianzas. Son los enemigos los que tienen que buscar la paz. Y si la paz se pudo en Irlanda después de 500 años de guerra, donde el odio era identidad y cada generación estaba condenada a una rebelión fracasada de entrada, y los jóvenes o salían del país o los mataban y hoy por hoy, Belfast es una de las capitales más tranquilas y serenas de Europa; si se pudo en Suráfrica después de uno de los regímenes de discriminación más crueles que ha vivido el siglo XX, en donde el odio fue ley durante tantos años y cambió su destino, volviéndose el país del arco iris, y si la paz se pudo en Ruanda después de un genocidio que acabó con la décima parte de la población, porque decidieron perdonarse en lugar de vengarse, es un perdón muy grande. La pregunta es: si en todos esos países se pudo, ¿no se podrá en aquellos en donde actualmente se vive en conflicto?

Lo que la historia nos está pidiendo es un cambio de mentalidad y una toma de conciencia de la responsabilidad de cada uno en estos cambios sociales donde es necesario añadir la misericordia como categoría de pensamiento, como categoría política y actuar con esta conciencia en todos los ambientes de la vida privada y en la vida pública.

Ojalá que con nuestra vida podamos marcar un punto luminoso para las futuras generaciones.

Soledad Rubiano

[1] Civiltà cattolica, febrero 2016

[2] Erich Fromm, “La revolución de la esperanza”

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