El ojo de Hubble

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Fiesta por los 25 años del telescopio espacial que ha cambiado el imaginario de los habitantes de la Tierra.

Pensar que el 24 de abril de 1990, cuando se lanzó al espacio, alguien irónicamente dijo que se había lanzado ya roto. Por un error de la delicadísima operación de calibración del espejo principal de 2.4 metros, las imágenes que el Space Telescope (HST), enviaba a la tierra eran distorsionadas. No demasiado pero sí ligeramente desenfocadas. Fue como un baldado de agua fría para los científicos porque la ventaja de un telescopio orbital como Hubble, con respecto a aquellos con base en la tierra, es precisamente la nitidez de las imágenes, no deformadas por el filtro que forma la atmósfera terrestre.

De todos modos, el telescopio estaba ya en órbita a 600 kilómetros de altura y era necesario pensar como corregir el defecto. La espera de los científicos duró tres años: el 2 de diciembre de 1993, el transbordador Endeavour se acercó al HST y, con una espectacular operación en órbita, reparó el daño aplicando un instrumento que introducía una “distorsión” de las imágenes, igual y contraria a la que producía el espejo principal. ¡Finalmente se podía dirigir el HST hacia el cosmos y observar imágenes nítidas!

En el curso de la humanidad hay eventos que cambian el rumbo de la historia, particularmente el modo con el cual el hombre piensa en sí mismo y a su lugar en el universo. El descubrimiento de América o el primer vuelo alrededor de la tierra de Yuri Gagarin son momentos de este tipo. También las imágenes que el HST ofrece del universo han provocado un cambio imprevisto y espectacular del modo en el cual nos imaginamos nuestra casa cósmica.

Esto sucedió especialmente en 1995 cuando el Hubble tomó una imagen de la nebulosa del Águila: los medios y los apasionados se enloquecieron por aquella foto, enseguida fue rebautizada por el pueblo de las estrellas como “los pilares de la creación”, convirtiendo improvisamente a Hubble en una estrella mediática.

A medida que llegaban las imágenes, desde las más cercanas a las más lejanas, cambiaba no sólo la concepción científica del universo, con importantes descubrimientos, tanto que en pocos años hicieron avanzar decididamente las investigaciones astronómicas, sino que cambiaba también la percepción del hombre común: la belleza de las imágenes era tan grande de dejar a todos admirados. Colores, escenarios grandiosos, turbulencias, nacimiento y muerte de astros, infinito número de galaxias, cada una compuesta por millones de estrellas, rayos de luz y cúmulos de polvo, cometas y planetas, restos de supernovas y enigmáticos huecos negros. En cualquier lugar del cielo a donde apuntara el Hubble, se presentaba un espectáculo que dejaba sin respiración. En colores y en las tres dimensiones.

Por esto, poco a poco, de manera toda imprevista, la gente se fue empadronando del telescopio. Sus fotografías se convirtieron en algo estable del imaginario del colectivo mundial. Cuando hace algunos años, la Nasa, entidad espacial americana que administra el Hubble, sugirió cerrar el telescopio, porque ya varios de sus instrumentos se habían deteriorado, se desencadenó una protesta nunca antes vista en las redes, llegando a influenciar no sólo a los científicos, sino también a los políticos. Era como si al hombre de la calle se le propusiera cerrar para siempre uno de sus ojos. No, el telescopio Hubble es un ojo de la humanidad de hoy y no se puede prescindir de él.

Enseguida de este interés, con los años, la Nasa puso en acto cuatro misiones espaciales delicadas, que han permito sustituir piezas defectuosas y agregar nuevos instrumentos, haciendo que el telescopio sea 100 veces más potente con respecto al momento del lanzamiento y prolongando así su vida útil hasta el 2020.

Mientras tanto, está en fase final la construcción del sucesor: el James Web Telescope que tendría que ser lanzado en el 2018 para posesionarlo alrededor de 1,5 millones de kilómetros de distancia del sistema Tierra-Luna, punto óptimo para observar con el infrarrojo. De hecho no será como el Hubble, que desafortunadamente observa un espectro de energías más limitado.

Será difícil decir adiós al Hubble. Entre los tantos descubrimientos científicos, además de responder a preguntas que los astrónomos ni siquiera se imaginaban, cuando lo lanzaron, Hubble permitió un paso hacia delante de especial interés en las investigaciones: prácticamente cumplió un viaje en el tiempo, acercándose al Big Bang. Gracias a la potencia de sus instrumentos, en el 2012 HST logró observar la poca luz residual que llega desde las primerísimas y lejanísimas galaxias que se formaron en el universo hace 13 mil millones de años, apenas 470 millones de años después del Big Bang. Este acercarse a los orígenes del mundo conocido, aclarar las distancias temporales (miles de millones de años) y espaciales (miles de millones de años luz) de los que se habla, tiene un impacto no indiferente en nuestra cultura y psicología humanas. Tal vez nos sirve como un saludable baño de humildad. Seguramente ayuda a entender cuánto es preciosa nuestra Tierra, cuna (por ahora única) de nuestra pequeña-gran familia humana.

Por Giulio Meazzini

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