Buscando vida extraterrestre

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El continuo avance en la búsqueda de nuevos planetas nos recuerda que aún podemos hacer mucho por el nuestro.

Todos los días descubrimos nuevos mundos. Noche tras noche, hora tras hora, los instrumentos de varios telescopios sobre la superficie terrestre y a bordo de las sondas espaciales escrutan el espacio buscando signos de nuevos planetas.

Al escribir estas líneas llevábamos registrados más de 3000 planetas girando alrededor de otras estrellas –no alrededor del Sol– que por eso denominamos planetas extrasolares o exoplanetas. Pero la lista crece continuamente y pronto será enorme.

Los procedimientos que usamos para detectar exoplanetas nos permiten conocer su existencia y al mismo tiempo su masa (es decir, la cantidad de materia que los compone), su tamaño y la distancia que los separa de la estrella que orbitan. Poco a poco, hemos comenzado también a determinar la composición química de sus atmósferas.

Hasta ahora, la mayoría de los exoplanetas que descubrimos son más grandes que la Tierra. Pero eso no quiere decir que no existan planetas del tamaño del nuestro allá afuera. Lo que sucede es que los instrumentos y los métodos de detección que usamos encuentran más fácilmente planetas grandes. Sin embargo, esta limitación se está superando velozmente. Ya están funcionando instrumentos capaces de detectar exoplanetas del tamaño de la Tierra e incluso más pequeños.

Por supuesto, esta búsqueda nos inquieta a todos, porque inevitablemente nos hacemos la gran pregunta: si descubrimos un exoplaneta como la Tierra… ¿estará habitado?

Últimamente se han encontrado algunos planetas en lo que se llama la “zona habitable” alrededor de una estrella. Pero eso no significa que sean planetas habitables ¡y mucho menos que estén necesariamente habitados!

La zona habitable es una región alrededor de una estrella en la cual, si hay un planeta del tamaño adecuado, que se mueva de la manera adecuada y que tenga moléculas de H2O en su superficie, esas moléculas podrían estar en la forma de agua líquida. Si el planeta estuviera más cerca de la estrella el agua se evaporaría, y si estuviera más lejos se congelaría. Hasta ahí llegamos.

Ahora bien, aún si se dieran todas las condiciones adecuadas y hubiese un exoplaneta con agua líquida en su superficie, la realidad es que no sabemos cuáles son las condiciones necesarias, si es que existen, para que aparezca la vida. ¿Será la vida un fenómeno que se da necesariamente cuando se reúnen todas las condiciones? Desde un punto de vista científico, sencillamente no lo sabemos.

Por otra parte, hay otra cuestión mucho más compleja. Buscamos en planetas con agua porque pensamos que puedan contener formas de vida similares a las de la Tierra. ¿Pero no podría existir vida en otros contextos físicos, con otras características químicas, que no requieran el agua? Tampoco lo sabemos. Aún queda mucho camino por recorrer en esta búsqueda.

Adicionalmente, está el problema de las distancias. Las estrellas más cercanas están a varios años-luz de distancia. Eso significa que el intercambio de mensajes de ida y vuelta, utilizando la radio, con algún eventual interlocutor, demoraría, en el mejor de los casos, unos 10 años. Imaginemos haber dicho nada más que “hola” y recibir la respuesta dentro de 10 años. Si ya es difícil entendernos cuando hablamos con alguien cara a cara ¡no me quiero imaginar lo que será conversar de esa manera!

Otro tema serían los viajes. A la máxima velocidad que puede desarrollar actualmente un cohete (aproximadamente 30.000 kilómetros por hora) el tiempo para llegar a las estrellas más cercanas supera los 100.000 años. Ese tiempo es mucho mayor que el transcurrido durante toda la historia humana conocida.

Aun así, debo decir que en última instancia todas estas son cuestiones científicas y técnicas, que quizás resolveremos con el tiempo. A mí me preocupa más otro problema.

Supongamos que finalmente entramos en contacto con seres conscientes que habitan algún exoplaneta. ¿Seremos capaces de reconocerlos como “otros nosotros”? La historia de nuestra América nos enseña que cuando dos civilizaciones muy diferentes se encuentran, su contacto puede ser muy doloroso y sangriento. ¿Será capaz nuestra civilización de relacionarse mejor con esos hipotéticos seres de otros mundos?

Evidentemente, necesitamos tiempo todavía para aprender a reconocernos entre nosotros como hermanos, miembros de una sola y verdadera familia. Y eso es lo que me gustaría ofrecerles a nuestros posibles amigos de otros mundos. Por eso, en mi modesta opinión, la principal tarea en la búsqueda de vida extraterrestre es trabajar todos los días para construir un mundo más justo y más unido.

Por Gabriel Ferrero

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