Esa tarde, típica de un otoño avanzado, seguramente no invitaba a salir, pero nosotros teníamos una cita muy importante esa noche en Milán y ciertamente no podían ser esos 120 kilómetros, en medio de densa niebla los que nos podían detener.

Éramos dos, manejaba el otro, yo tenía el pie enyesado fruto de una jugada desafortunada en el último partido de fútbol del lunes en la noche que el gran amigo Paolo Macciotta (otro de nuestro grupo) organizaba con sus amigos cada semana, creo en el Instituto Agnelli. Estamos en Turín (Italia).

La cita era con una persona con la que queríamos encontrarnos a menudo, una persona que ha acompañado (de cerca y de lejos) estos mis últimos 47 años, hasta su muerte hace pocos días: Bruno Venturini.

Además una persona particularmente importante para el momento que vivían estos dos jóvenes, de poco más de veinte años de edad, que estaban yendo para encontrarse con él. Ese momento podía ser decisivo. Se trataba de su futuro.

En lo personal, a pesar de no tener para nada las ideas claras, yo iba sobre todo a exponerle una intención, quizás más bien una curiosidad: quería que me hablara sobre su vocación de focolarino y/o me indicara una posibilidad, un lugar, una ocasión donde me pudieran explicar mejor este “llamado” que no había previsto en mi vida, pero que tampoco descartaba de entrada. Me aconsejó asistir a un encuentro, que se celebraría en el Centro del Movimiento de los Focolares pocas semanas después, en el que habrían encontrado un lugar incluso los “curiosos” como yo.

De todos modos, al final de aquella reunión privada entre cuatro (además de nosotros dos y de Bruno, estaba también un asesor suyo), con cierta insistencia, quise saber qué pensaba de esa solicitud mía. Y su respuesta, franca y concisa, ha sido la de un gran hombre, de un sabio: “Hacía mucho tiempo que me esperaba una petición de este tipo.”

¡Este es el hombre! ¡Bruno! Uno que sabe esperar, los tiempos de uno, pero sobre todo los tiempos del Eterno. ¡Y cuántas veces, en diferentes situaciones, ha sido capaz de esperar! ¡Y cuántas veces (casi todas) los hechos le han dado la razón!

Por otro lado yo ya había comprobado esta característica suya justo unos meses antes. A mi regreso de América Latina, donde había ido a visitar mis padres, “misioneros” en Ecuador, y donde me había llamado la atención aquella frase de Jesús-leader: “Deja papá Venancio, mamá Rina, tus hermanos Fiore, Sergio, Franca, deja Ecuador… ven y sígueme! “, para tratar de desenredar la madeja de mi confusión “vocacional” ¿a quién podía dirigirme? Justamente ¡a Bruno! Él, como si nada, responde: “Tal vez Dios no se conforma más con las pequeñas cosas, las quiere grandes“. Es una frase de Santa Catalina. Una vez más ¡ninguna presión de parte de Bruno! Me ilumina con una frase de luz, aún sin darme la satisfacción de una respuesta concreta. Espera. Pero su silencio-cercanía es real, muy real.

Y así fue hasta el último momento.

Yo quería acompañarlo en sus últimas semanas de vida, cuando al enterarse del cáncer, se entrega de forma activa en las manos del Padre continuando a dar coraje, ánimo… a los demás. Porque como lo fue para mí durante toda mi vida, de la misma manera ha sido con todos nosotros “sus muchachos” (como algunos han llamado al numeroso grupo de jóvenes que ha mantenido con él un contacto cada vez más estrecho). De hecho ahora llueven los testimonios de todo el mundo donde estamos dispersos. ¡Y se da la circunstancia que lo recordamos casi todos del mismo modo!

Tengo muy presente una carta de Bruno a uno de nosotros, que a los 21 años había sido “condenado a muerte” a causa de un cáncer agresivo. Le escribía a Claudio, un “muchacho del ‘68”: “También Chiara decía en estos días a los miembros del Centro Estudios que el Ideal (la” historia de los tiempos de guerra”) es nuestra ideología: lo es porque nació como una revolución: tiene dentro de sí la semilla de la revolución permanente. Es revolución porque no es… gratuita. Cada uno está llamado a construir pagando personalmente. De una manera impredecible también se te pide lo mismo: la inmovilidad, tu que no podías estar quieto un momento… la enfermedad… el hospital… tal vez la soledad, todas caras (quizás nuevas) de Jesús Crucificado y Abandonado. Pero que ocultan la vida más auténtica que nunca antes te has imaginado… “.

En Bruno éstas no eran sólo palabras, eran su vida desde siempre y lo ha demostrado (si todavía era necesario) a los 89 años, cuando a él también se le pidió algo impredecible.

La responsable del Movimiento, María Voce, dando la noticia de su llegada al Cielo habla de “un verdadero testigo de la misericordia de Dios que ahora experimenta en su plenitud“. Bruno – comenta- tenía un alma grande, capaz de escuchar hasta el fondo a cualquier persona con un corazón misericordioso y subraya esta característica al indicar la coincidencia de su fallecimiento con el “día del Perdón de Asís”.

Silvano Roggero

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